En la publicación anterior, de echo fué la primera, os prometí que hoy mismo subiria un pequeño escrito que hice hace un tiempo para que fueseis conociendo mi forma de escribir. Bueno pues aqui mismo os lo dejo. Como introducción puedo deciros bien poco... es un pequeño escrito que sinceramente no tiene ningún sentido concreto. No se si os gustarán este tipo de historias, que són mas bien abstractas, dejan muchos interrogantes y el propio lector debe imaginar todo lo que el escritor no expresa en palabras, su temática es totalmente abierta. Finalmente decir que es una historia cortita, entretenida y que, si tienen un momentito, quizás les guste.
¡Si les gustó comenten. Si no les gustó, comenten tambien, las criticas constructivas ayudan a mejorar.
Gracias por su atención!
Deslicé mi
mano sobre una de las mesas y observé todo aquello que me rodeaba. El
mobiliario de la sala se hallaba cubierto por una fina capa de polvo. La luz a
penas penetraba por las opacas vidrieras, lo que hacía difícil moverse entre
aquella oscuridad. Caminé lentamente, chocando con todo aquello que encontraba
en mi camino. Un sinfín de sillas permanecían esparcidas por toda la estancia,
la mayoría de ellas oxidadas, deterioradas por el paso del tiempo y la humedad.
Mis pasos resonaban en el silencio, caminé con nostalgia, recordando cada pequeño
detalle, atesorando cada insignificante recuerdo que poseía de aquel lugar.
Finalmente me
situé frente a una gran pizarra. Acaricié su rugosa superficie, dejando la
marca de mis dedos que destacaba sobre la blanquecina capa de polvo que la
cubría. ¿Cuantas palabras habían sido escritas sobre aquel decrépito lugar? Con
la misma facilidad que habían sido creadas, también habían desaparecido. Mas
sus últimos restos habían permanecido intactos, impasibles ante el paso de los
años. Millones de letras, números, dibujos y demás formas irreales, habían
logrado sobrevivir aun habiendo sido olvidadas. Perseverantes, esperando a que
alguien las volviera a encontrar.
El sol
comenzó a ocultarse tras las montañas y la oscuridad comenzó a apoderarse de la
clase. Lentamente, todo desapareció ante
mis ojos, con fría rapidez. Caminando en total penumbra, tanteé en la oscuridad
tratando de ubicarme y finalmente conseguí hallar un pupitre con su respectivo
asiento. Me senté y recosté la cabeza sobre la mesa. El silencio acompañaba a
la penumbra, todo permanecía en total calma. Tras varios minutos en los que
todo parecía haber sido un sueño, comencé a oír voces, risas y pasos que
rodeaban el lugar en donde me encontraba. Miles de jóvenes charlaban
alegremente a mí alrededor, sin percatarse de la oscuridad, sin respetar el silencio.
Levanté la mirada y, por primera vez, me decepcioné al ver que no había nadie más
que yo en aquella aula y, posiblemente, en todo el edificio.
Dejé caer
la cabeza y cerré los ojos, adentrándome en las inmensas e indefinidas profundidades
de la memoria.



