Bueno no hay mucho que decir!! Pasad una buena noche y temblad porque hoy es el día en que los muertos y los vivos compartimos el mismo lugar!!! Un beso, buen Halloween y disfruten!!
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Especial Halloween-Flashbacks
Todo estaba en completa
oscuridad. Acababa de despertarme a causa de un dolor punzante en la parte
posterior de mi cabeza. Me erguí en la cama con dificultad, todo me daba
vueltas. Intente fijar la vista para tratar de descubrir en qué lugar me
encontraba. Poco a poco, las imágenes comenzaron a volverse nítidas. Aquel
lugar parecía ser un dormitorio, o lo que quedaba de él… Era una habitación
pequeña, vieja, totalmente vacía, a excepción de un escritorio y una cama en la
que yo misma me encontraba. La ventana estaba sellada con lo que parecían ser
tablas de madera y la puerta, al otro extremo de la sala, permanecía cerrada. El
papel de las paredes estaba descolorido y totalmente destrozado, y la madera
del suelo levantada. Tenía la impresión de estar en una casa abandonada.
De repente, unos pasos
apresurados comenzaron a acercarse. Asustada, y sin escapatoria, me escondí
bajo las sábanas. Los pasos se detuvieron frente la puerta y lentamente, ésta
comenzó a abrirse. La luz penetró de pronto en la habitación, bajo las sabanas
pude percibir la sombra de una persona en el umbral.
-¿Ya te has despertado? – una voz
de hombre me habló desde la distancia.
Temblando de arriba abajo y sin
atreverme a mirar, moví la cabeza en sentido afirmativo.
-¿Ocurre algo María?
¿María? Extrañada, al fin me
deshice de las sábanas y miré cara a cara a aquella persona. Era un hombre
adulto, de unos sesenta años, cabello cano, ojos claros y tez morena. Tenía un
rostro apacible, que aportaba confianza, mas algo en sus fríos ojos me advertía
de que no debía bajar la guardia.
-¿Ma… María? – pregunté
tímidamente.
El hombre se acercó hacia mi cama
y se sentó a un extremo de ésta.
-Hija… ¿No sabes quién soy? ¿No
recuerdas nada?
-Pues… no.
El individuo suspiró y comenzó a
jugar con sus pulgares entretanto susurraba con nerviosismo.
-Quizás tu madre tenía razón…
Debí llevarte al hospital cuando… No me pareció nada grave…
-¿A qué se refiere?
-Mira, María, ayer en el colegio
caíste desde los columpios – explicó – Llamaron tus profesores a casa y fui a
buscarte. No parecías estar mal así que decidí no llevarte al hospital, nunca
me han gustado esos matasanos… Pero ahora después de pasar la noche resulta que
no recuerdas nada… - El hombre ocultó el rostro entre sus manos - ¡Ay Dios mío! Mi hija, que si te ocurre algo
grave… ¡¿Qué voy a hacer?!
-Tra…tranquilo – No supe cómo
reaccionar ante aquella situación así que me acerqué a él y le di unas
palmaditas en la espalda a modo de consuelo – Todo se va a solucionar, créeme.
El hombre secó sus lágrimas,
sonrió amablemente y alargó su mano para coger las mías.
-Gracias tesoro.
De repente, aquellas imágenes
desaparecieron, todo se volvió borroso y comenzó a dar vueltas.
“Estaba en la calle. Sola. Se había perdido. Sus
padres no estaban, no tenía a nadie a quien acudir, tenía mucho frío. Aquella
noche era especial… pero, ¿Por qué?
-¿Estás bien preciosa?
Aquel hombre le cogió la mano y tiró de ella, le
hacía daño…
-¡No! Por favor, debo volver a casa…”
-¡María!
Pestañeé desorientada. Aquello
había parecido tan real…
-Hija, ¿estás bien?
-Sí, tranquilo no pasa nada. Es
la cabeza…. Estoy un poco mareada.
-Quizás – dijo el hombre – Deberías
quedarte hoy en la cama a descansar, te prepararé algo para comer.
-Gracias… papá.
El hombre sonrió y salió del
dormitorio.
Suspiré con pesadumbre. Algo en
todo aquello no encajaba y no pensaba quedarme allí encerrada y descubrirlo por
las malas. Me levanté de un salto, cosa que provocó un crujir espantoso del
colchón. Descalza, camine por la habitación y llegué hasta la puerta. Agarré el
pomo de ésta con fuerza y giré. ¡Estaba abierta!
Aquello parecía la casa del
terror. Tan dejada y destrozada como el dormitorio, el resto de la casa era
tétrico. Me encontraba en un estrecho pasillo, con incontables puertas de
madera, las cuales daba la impresión de que podías romperlas con una sola
patada. Antes de poder dar un paso, la voz de mi padre sonó desde la lejanía.
-¿Dónde vas, María?
-¡Voy al baño!-Grité.
-Ten cuidado, hija.
Esperé unos instantes a que el
silencio volviese a apoderarse del lugar y continué mi expedición.
Definitivamente, algo no iba bien.
Decidí acercarme a la primera
puerta, justo la que se encontraba en frente de mi dormitorio. Tomé el pomo y
giré con fuerza. Cerrada. Intenté empujar y tampoco se movió ni un milímetro.
“Para ser viejas, pesan una
tonelada” Pensé.
Y todo desapareció.
“¡Corre!
La muchacha corría desesperadamente por un largo
pasillo. Aquel lugar era infinito. Había tantas puertas…
¡Corre, te va a encontrar si no corres!
Justo a su lado, había otra puerta, otra igual tras
las innumerables que había intentado abrir sin éxito. Esta vez, ni siquiera
intentó girar el pomo. Cogiendo carrerilla, dio una patada a ésta con todas sus
fuerzas, pero no se movió.
-¡Dios mío! - Gritó desesperada – ¿Qué puedo hacer?
Me encontrará, sabrá que me he escapado…
Y entonces, vio la última puerta, aquella que estaba
situada al extremo de la casa. La joven corrió e intentó abrirla. ¡SÍ! ¡Esta
vez lo había logrado! Cerró la puerta tras de sí y observó la habitación
buscando algún lugar en donde esconderse. Aquello parecía un dormitorio…”
De nuevo. Había visto aquellas
imágenes de nuevo… ¿Qué significado podrían tener?
Decidí olvidarme de la puerta y
seguí buscando. Desde el baño podría salir por la ventana, o quizás encontraría
otro dormitorio sin tapiar por el cual podría pedir ayuda. No comprendía
porque, pero necesitaba salir de allí… y cuanto antes, mejor.
Me dirigí entonces a una puerta
que estaba al lado de mi dormitorio. Aquella tampoco se abría.
-¡Joder! – Golpeé la puerta con
el puño, frustrada.
Entonces lo oí. Tras la puerta oí
voces, gemidos, llantos… Ahí había alguien, alguien que estaba sufriendo…
-María, ¿Ha pasado algo? – Gritó
mi padre.
-No, no, es que no encuentro el
baño, papá…
-¡Es la segunda puerta de la
derecha!
-¡Gracias!
Corriendo, me dirigí a la puerta
que me había indicado y la abrí. Casi me mareo. De allí salía un olor
putrefacto, nauseabundo. No había ventana y no podía ventilarse. Entré
tapándome la boca y nariz con la mano y reprimiendo las arcadas, había
infinidad de moscas y todo estaba mohoso. No había manera de salir de allí, más
bien, si me quedaba mucho más tiempo, me quedaría allí para siempre…
Agarré el pomo y lo giré. Cerrada. No podía
creerlo, se había atascado. Comencé a golpear la puerta y a pedir auxilio a mi
padre. Aquel horroroso olor me estaba mareando, me quedaba sin aire…
“-Por favor… Por favor pare…
La joven permanecía atada con unas esposas al grifo
de la ducha. Allí, encerrada en aquel baño mohoso, el hombre que la había
forzado y encerrado, jugaba con los cabellos de su madre, que estaba
inconsciente en el suelo.
-¡¿Qué va a hacerle?! – Gritó la chica – ¡Por favor!
No le hemos hecho nada… Pare…
Sonriendo cruelmente, el hombre agarró una navaja
oxidada del lavabo y la pasó por el cuello de la pobre mujer…”
Por fin, la puerta se había abierto
y una bocanada de aire puro penetró por mis pulmones, haciéndome recobrar la
conciencia. Temblaba. No podía creer lo que había visto. Lentamente, avancé por
el pasillo y me dirigí hacia donde supuse que debía estar la cocina. Debía hablar
con mi padre, aquellas imágenes no eran normales… Me estaba volviendo loca. Al
final del pasillo, entré en una gran sala que parecía ser el comedor. Había una
vieja mesa de roble con dos sillas, al extremo izquierdo, una gran puerta de
metal con un pequeño mueble justo al lado, y al otro extremo, dos viejos
sillones deshilachados. Poco a poco, avancé por aquel lugar hacia una pequeña
puerta blanca que se encontraba medio abierta. Miré por el resquicio y lo vi.
Mi padre, con un gran delantal
blanco manchado de sangre, cortaba lo que parecía ser una extremidad… humana.
Con las manos en la boca para no
gritar, salí corriendo y me dirigí hacia el dormitorio. Ya allí, cerré la
puerta tras de sí y fui hasta la cama, que crujió bajo mi peso.
-¿Qué puedo hacer?... ¿Qué puedo
hacer?...
Mientras pensaba y repensaba en
lo que podía hacer para escapar, vi algo que anteriormente había pasado por
alto. Sobre el viejo escritorio del dormitorio, había un pequeño bolso que
desentonaba totalmente con la decoración de la casa. Era un bolso nuevo, de
mujer, de color marrón y con flores púrpuras como decoración.
Corrí hacia él esperanzada.
Quizás allí habría algún teléfono móvil con el que podría pedir auxilio… Lo
abrí apresuradamente y comencé a revolver el interior, pero estaba totalmente
vacío. Agaché la cabeza desilusionada, por un momento, había creído ver la
solución a todo lo que estaba ocurriendo. Pero, de nuevo, todo se había
desmoronado. Entonces fue cuando lo vi. En el interior de la bolsa, había una
pequeña etiqueta con algo escrito. Me acerqué para verla mejor y leí:
Clara Viller
Entonces fue cuando recordé.
Recordé que mi nombre no era María, recordé que el hombre que decía ser mi
padre no lo era y recordé lo que había ocurrido la noche anterior, la noche de Halloween.
“El cielo oscurecía rápidamente. Las voces de los
emocionados niños y niñas se oían cada vez con más intensidad. Toda la calle se
había llenado de luz y decoración terrorífica. Familias enteras se reunían en
sus casas para celebrar aquella noche tan especial, y la mía no iba a ser
menos.
-Mamá, papá – Me acerqué entusiasmada hacia mis
padres, que preparaban la mesa, decorándola con pequeñas calabazas y
murciélagos de plástico – ¿Puedo salir un rato con Jessica? Solo será dar una
vuelta…
-Clara, ¿no vas a ayudarnos? Tus tíos llegarán en
cualquier momento…
-Déjala mamá – Papá siembre había sido una persona
comprensiva – Hoy es una noche especial, dejémosla salir ahora que no es muy
tarde. Pero no te alejes ¿de acuerdo?
-¡Síííííí!
Entusiasmada, alisé mi vestido de muñeca y salí de
casa. Allí, en el jardín, me esperaba mi amiga Jessica, disfrazada de bruja.
-¿De qué te has vestido? – Preguntó irónica.
-¡Soy una muñeca! – Repliqué – Las muñecas dan miedo.
-Las que son como tú no – Rió ella – Anda vamos a ver
a los demás.
-Pero… papá dijo que no me alejase mucho…
-Clara por dios, tienes doce años, ya no eres una
niña… ¿O sí?
Negué con la cabeza y me dispuse a ir con los demás,
no muy segura de lo que hacía.
[…]
-¡Que tarde es!
Llevaba una hora fuera. Mis amigos me habían convencido
para quedarme cinco minutos más, y esos cinco acabaron convirtiéndose en
treinta… Llegué a casa y observé extrañada, que todas las luces estaban
apagadas. Entré sigilosamente esperando algún susto por parte de mis tíos o una
reprimenda de mis padres, pero nada. La casa estaba desierta. Entré en el
comedor y vi todos los platos preparados, toda la comida lista, pero nadie
sentado alrededor de la mesa. Pensando en que habrían salido a dar un paseo, me
senté a esperar. Pero esperé, esperé y esperé… y las doce llegaron, y nadie
había vuelto a casa. Las calles estaban vacías, todo el mundo había vuelto a
casa, todo el mundo excepto mi familia. Corrí hasta la cocina e intenté llamar
por teléfono a la policía, pero no había línea. Todo aquello me estaba
asustando muchísimo.
Agarré mi bolso y salí a la calle en busca de mis
padres. Corrí por los barrios buscando y preguntando a todo aquél que
encontraba, pero nadie sabía nada. Tras hora y media de búsqueda sin ningún
resultado, decidí volver a casa, pero no pude reconocer el lugar en donde me
encontraba. Me había perdido.
Sola, sin saber dónde estaban mis padres y sin tener
a nadie a quien acudir, me senté en el bordillo de la carretera esperando ver a
alguien para pedir ayuda. Tenía mucho frío y hambre. Tenía mucho miedo…
De lejos, pude vislumbrar la sombra de una persona
que se acercaba rápidamente. Esperanzada, me puse de pie de un salto y fui corriendo
hacia él. Resultó ser un hombre mayor, de cabello cano y ojos claros, parecía
ser una buena persona así que le expliqué mi situación.
-Así que te has perdido preciosa – Dijo el hombre con
voz ronca – Ven, te llevaré a mi casa, allí podremos pedir ayuda.
-No – Dije – Quiero volver a mi casa, allí esperaré…
Pero aquel individuo ya me había cogido del brazo y
tiraba de mí con muchísima fuerza. Me arrastró hasta una pequeña casita vieja y
abandonada e hizo que entrara en ella. Ya allí, vendó mis ojos, me llevó hasta
una habitación de la casa, ató mis manos y me dejó allí encerrada largo rato.
No podía creer lo que estaba pasando. Aquél hombre me
había secuestrado sin el mínimo esfuerzo, me había atado y ahora podría hacer
conmigo lo que quisiera. Con todos aquellos pensamientos rondando por mi mente,
escuché abrirse una puerta. Después, unos pasos se acercaban a mí, y de
repente, sentí el aliento putrefacto de aquel hombre en mi oreja.
-Tengo buenas noticias – Susurró – He encontrado a
tus padres.
Destapó mis ojos y pude ver horrorizada que, efectivamente,
había encontrado a mis padres. Me encontraba en un baño, atada al grifo de la
ducha con unas esposas y viendo como el cuerpo desmembrado de mi padre, caía de
una bolsa de plástico negra hasta llegar al suelo. Grité, grité con todas mis
fuerzas, pero de nada sirvió. Estaba sola en aquel lugar. Riendo, el hombre
soltó el cuerpo inerte de mi madre, que aún respiraba, y se sentó en el baño,
agarrando el cabello de la mujer.
-¡Mamá! – Grité - ¡MAMÁ POR FAVOR DESPIERTA!
-No te oye – Susurró el hombre – María, cántame una canción…
-¿Eh?
-María – Repitió – Cántame una canción…
-¡Estás loco! – Grité – Por favor para… no te hemos
hecho nada…
-María tiene una ovejita… - El hombre empezó a cantar
lentamente, mientras cogía una navaja oxidada y lo acercó al cuello de mi madre
– una ovejita… una ovejita…
-¿¡QUE VAS A HACERLE?! ¡Por favor para!
-María tiene una ovejita…
-¡PARA!
Demasiado tarde. La navaja desgarró la piel y un
chorro de sangre inundó el baño. Sin poder mediar palabra, temblando y
llorando, observé como la sangre brotaba del cuello de mi madre…
-María tiene una ovejita…
El hombre cerró la puerta y salió, sin dejar de
cantar aquella canción. Estuve en silencio escuchando los pasos de aquel
maldito individuo hasta que me percaté de que había salido de casa. Con el corazón
en un puño e ignorando los cadáveres de mis pobres padres, comencé a luchar
contra las esposas y finalmente, tras golpes patadas y tirones, cedieron. Corrí
hacia la puerta y la abrí de una patada. Me encontré en un pasillo desierto,
lleno de puertas.
“¡Corre!” Pensé “¡Corre antes de que vuelva!”
Y así hice, corrí por aquel pasillo empujando puertas
cerradas, dando patadas a todo lo que encontraba y luchando por mi vida. Tras
innumerables puertas cerradas a cal y canto, escuché como unas pisadas se dirigían
hacia el lugar en donde yo me encontraba.
-¡Dios mío! - dije desesperada – ¿Qué puedo hacer? Me
encontrará, sabrá que me he escapado…
Justo a mi lado, encontré la última puerta, mi última
esperanza. Giré el pomo y ¡SÍ1 esta vez lo había logrado! La puerta se había abierto.
Me encerré en aquel lugar, que parecía ser un dormitorio. Busqué rápidamente con
la mirada algún lugar en donde esconderme, pero no había ningún armario, sólo
una cama y un escritorio. Escuchando los pasos acercarse cada vez más deprisa,
corrí bajo la cama y me oculté en el preciso instante en que la puerta se abrió
de par en par. Vi la sombra de unos zapatos detenerse unos instantes, y
después, acercarse rápidamente hacia donde yo me encontraba.
Unas grandes manos tiraron de mi hacia fuera y allí
estaba, aquel hombre loco, con sus cruel sonrisa y un gran jarrón en su mano
izquierda.
-María – Susurró mientras levantaba aquel pesado
jarro- cántame una canción…
Y todo se volvió negro.”
Abrí los ojos de repente. Ya no necesitaba
saber más. Salí de la habitación y corrí hacia el comedor, antes me había parecido
ver una puerta de salida, podría salir por allí y correr con todas mis fuerzas
hasta encontrar a alguien y poder pedirle ayuda. Al fin llegué al comedor y,
efectivamente, allí estaba la puerta. Corrí hacia ella y tiré del pomo.
Cerrada. Horrorizada, seguí empujando e insistiendo, no podía morir allí…. De
repente, mi mano se escapó y dio un golpe a un marco de fotos, que cayó estrepitosamente
haciéndose añicos contra el suelo. La foto que en él estaba, salió despedida y
quedó boca abajo, dejando ver una inscripción.
La curiosidad pudo más que el
miedo, alargué la mano y leí lo que había escrito en el reverso de la foto:
María, debes perdonarme,
por lo que os hice a tu
madre y a ti…
siempre te amaré, mi niña.
Te quiere, papá.
Entonces lo oí detrás de mi.
-María tiene una ovejita…




Me encanta, en serio, me encanta. Aunque te haya hecho correr para que lo subieras pronto, ha valido la pena. Sigue escribiendo porque sabes que no soy la única que piensa que lo haces genial, ale ya te puedes inflar jajajajajaja.
ResponderEliminarMe muero de ganas de que subas ya otra historia, venga.
PD: soy tu primer comentario, JÁ.